La enfermedad renal crónica (ERC) es uno de los problemas de salud más silenciosos que existen. Los riñones tienen una enorme capacidad de reserva, de modo que pueden perder gran parte de su función antes de que aparezca el primer síntoma claro. Cuando ese síntoma llega, buena parte del daño ya está hecho. Por eso el mensaje central de este artículo es sencillo: en el riñón, la prevención y el diagnóstico precoz lo son casi todo.
Qué es la enfermedad renal crónica
Hablamos de ERC cuando los riñones presentan una alteración de su estructura o de su función durante más de tres meses. Se mide sobre todo con dos parámetros: el filtrado glomerular, que estima cuánta sangre son capaces de depurar los riñones, y la presencia de proteínas (albúmina) en la orina, que indica que el filtro renal está dañado.
La ERC se clasifica en estadios, del 1 al 5, según ese filtrado. En los primeros estadios el objetivo es frenar la progresión; en los más avanzados se prepara, si es necesario, la terapia de reemplazo renal (diálisis o trasplante).
Las señales tempranas
La ERC rara vez duele. Sus pistas son más sutiles y conviene no restarles importancia:
- Cambios en la orina: espuma persistente (signo de proteínas), orinar más de noche o cambios en la cantidad.
- Hinchazón: en tobillos, piernas o alrededor de los ojos, por retención de líquidos.
- Cansancio y falta de concentración: relacionados con la anemia que acompaña a la ERC.
- Tensión arterial difícil de controlar: a menudo el primer aviso de un riñón que sufre.
- Picor persistente o calambres: más frecuentes en fases avanzadas.
El riñón no avisa con dolor; avisa con analíticas. Una revisión sencilla puede adelantarse años al problema.
Quién debería vigilar sus riñones
Algunas personas tienen más riesgo y se benefician especialmente de controles periódicos:
- Personas con hipertensión arterial o diabetes, las dos primeras causas de ERC.
- Antecedentes familiares de enfermedad renal.
- Mayores de 60 años.
- Enfermedades cardiovasculares u obesidad.
En estos casos, una analítica de sangre y de orina una vez al año suele ser suficiente para detectar a tiempo cualquier alteración.
Qué se puede hacer
La buena noticia es que la progresión de la ERC se puede frenar, sobre todo si se actúa pronto. Las medidas más eficaces son también las más conocidas: controlar bien la tensión arterial y la glucosa, cuidar la alimentación reduciendo el exceso de sal, mantenerse activo, evitar el tabaco y usar con prudencia los antiinflamatorios. En los últimos años, además, disponemos de fármacos que protegen el riñón y que han cambiado el pronóstico de muchos pacientes.
El seguimiento por parte del nefrólogo permite ajustar el tratamiento a cada persona y anticiparse a las complicaciones. La ERC no significa, en absoluto, diálisis inmediata: significa cuidar los riñones para que duren toda la vida.